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  • julio 2013
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Boletín de novedades de El Arka

 
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El lino

lino en flor

El lino estaba en flor” (1). Así comienza esta curiosa historia que habla de una flor de lino y de su viaje a través de las formas de la existencia.

– La gente dice que he crecido estupendamente – dijo el lino –, y que me haré larguísimo, podrán hacer una tela magnífica conmigo. ¡Pero qué feliz soy! ¡Ciertamente, no hay nadie más feliz! ¡Crezco estupendamente y llegaré a ser algo! ¡Cómo me alegra el sol y me refresca la lluvia!¡Soy completamente feliz, no hay nadie más feliz!
– ¡Bueno, bueno, bueno! – dijeron los postes de la cerca –. No conocéis el mundo, pero nosotros sí, ¡ya tenemos nudos! – y crujieron estrepitosamente:
¡Colorín, colorado,
Se acabó,
¡La canción se ha terminado!
– No, no es cierto – dijo el lino–. El sol brillará también mañana, la lluvia hace mucho bien, me oigo crecer, noto que tengo flores. ¡No hay nadie más feliz!

Ni uno ni otro dejan de tener razón porque se trata de dos caras de la misma moneda. El lino no le pide nada a la vida, porque ésta ya le ha dado todo. Él cumple su función y con eso le basta, sabiendo además que “el sol brillará también mañana”. Esto nos recuerda la oración del corazón, que, según nos han enseñado es

La que no pide nada y todo lo agradece. La más extraordinaria energía de que puede disponer un ser humano, no sólo en relación con los dioses, es decir, con todas las cosas, sino particularmente consigo mismo” (2).

La actitud del protagonista podría ser tachada de ingenua, pero la ingenuidad tiene dos caras: la de la tontera y la de la pureza. Nosotros apostamos por la segunda, por la pureza del corazón, que no se mancha con nada, que todo lo pone a su favor, echándolo a la hoguera del fuego de la vida para que esta se regenere continuamente.
Por otra parte, para que esto suceda, o sea para que la vida sea, la “canción” debe terminar y volver a comenzar una y otra vez. Así que pronto llegan unas manos que sacan a la flor de la tierra y la someten a un proceso alquímico de purificación, primero por agua y después por fuego, no exento de dolores. (3)

– ¡No todo puede ser bueno siempre! – dijo el lino–. Hay que sufrir un poco para llegar a ser algo.
Aquello era realmente horrible. Molieron y rompieron el lino, lo espadaron y lo peinaron; él no tenía ni idea de cómo se llamaba lo que le hacían. Lo pusieron en la rueca: ¡ras, ras!, no había forma de pensar coherentemente.
“He sido extraordinariamente feliz! – pensaba en medio de sus dolores–. ¡Hay que alegrarse de lo bueno que se ha vivido! ¡Alegría, alegría, oh!”. Y seguía pensándolo cuando lo pusieron en el telar... y se convirtió en una pieza de tela grande y hermosa. Todo el lino, hasta la última brizna, se había convertido en aquella única pieza”.

Vuelve a aparecer también en esta historia, como en la de Las Tres Hilanderas y de La Cenicienta el simbolismo del tejido, que tiene a que ver con el tejido de la vida, o sea el entramado compuesto por la vertical y la horizontal que constituye la propia estructura del Ser, y por tanto de todos los seres y las cosas.

El lino contempla su nuevo estado y se regocija. “Claro que la canción no ha terminado! ¡Es ahora cuando empieza!”, dice el lino, haciendo alusión a la idea de la Ouroborus, la serpiente que se muerde la cola, que simboliza la regeneración y recreación constante de la vida a través de muertes y nacimientos, a través de la coincidencia entre principio y fin, que se unen en un solo punto en el que el tiempo se para y todo vuelve a su Origen inmanfestado, para volver simultáneamente a la Manifestación.

ouroboros

A lo largo de su camino, el lino se convierte primero en tela preciosa, que después de un tiempo, al estar ya desgastada, será cortada en 12 trozos para hacer pañuelos. El lino, sin lamentarse y manteniendo su actitud alegre y grata, exclama:

–¡Vaya, por fin llegué a ser algo! ¡De modo que este era mi destino! ¡Qué maravilla! Ahora sirvo de algo en este mundo y eso es lo principal, es el mayor de los placeres. Nos han hecho doce trozos, pero todos somos una misma cosa, somos una docena. ¡Qué buenísima suerte!
El número doce es un número que tiene a que ver con el ciclo de la vida. De hecho, son doce los signos del zodiaco, que significa precisamente “rueda de la vida”, así como doce son los apóstoles y los caballeros de la mesa redonda, por citar algunos ejemplos. Y se podría decir que todos ellos tienen en común la idea de servidumbre, de sometimiento a una autoridad superior a la que ellos sirven. El número 12 es el numero de la expansión de la vida a través del movimiento, puesto en marcha por la combinación de los tres principios y los cuatro elementos. Y es una de las formas en que se expresa en el tiempo la inmovilidad del centro. Los doce puntos en la circunferencia no son nada sin el centro. En este sentido lo “sirven”: porque van hacia el mundo para ser aspectos del uno y llevar así su mensaje, sin dejar de conformar a la vez una unidad.

La felicidad que el lino expresa tiene a que ver con esto último, o sea con la consciencia de unidad, con la reunión de lo disperso en un solo punto, que vuelve a expandirse en la siguiente expiración. Su alegría y gratitud no deben ser confundidas con una actitud externa, ligada sólo a lo moral y por tanto falsa, sino que están relacionadas con “el mayor de los placeres”, experimentado por aquel que “no pide nada y todo lo agradece”, porque sabe que todo le ha sido dado en verdad.

A este propósito queremos citar los siguientes textos:

Felicidad
(...)Hay cosas que están hechas con arte, como nos dice Amanda Coomaraswamy en su libro: La Filosofía Cristiana y Oriental del Arte, y como decía Borges momentos felices, (o secuencias de momentos felices, agregamos nosotros); es decir planos equilibrados y armónicos, pero no un enunciado llamado la felicidad como un ideal a conquistar.
2. En la vida nadie ha sido feliz nunca jamás. Eso lo vio con claridad meridiana el Buda, al tomar consciencia de la existencia, y por ello decidió abandonar este mundo de inmediato. (4)

Las personas generosas lo son consigo mismas. Dan y se dan. Y al no tener nada, cualquier cosa es suya. Al no poseer pequeñas referencias el universo entero es vuestro, hermanas, por herencia legítima. El sol no se percibe a sí mismo como un propietario. (5)

Así, como el lino, aquél que lo da todo, lo tiene todo, concentrado en un punto invisible situado en el centro de su ser, pudiendo ser equiparado a una semilla.

El viaje del lino no se acaba en los doce trozos de tela. Cuando éstos ya no aguantan más, los utilizan para hacer papel, sobre el cual se escriben “preciosas historias”.

(…) y la gente leía lo que allí se ponía, y era todo tan bueno y justo que las personas se volvían mejores y más sabias. Era algo magnífico lo que se les había concedido a los papeles con la palabra.
La palabra “concede” algo a los papeles. ¿Qué les concede? La palabra es portadora de mensajes, es generadora, es intermediaria. El dios Hermes, mensajero divino, es su inventor. Según la Biblia, “Todo se hizo por ella y sin ella no se hizo nada de cuanto existe” (Jn. I, 3). La hoja blanca, que simboliza el aspecto receptivo del ser, el espacio vacío en el que todo es posible, en el que puede comenzar “cualquier historia” (6), y la pureza del origen, recibe toda la fuerza de la idea, que cristaliza y se fija en ella precisamente a través de la palabra. Ésta concede entonces al papel el don más preciado: el soplo del espíritu, la vida misma (ver Diccionario de Símbolos y Temas Misteriosos, Federico González Frías: "Palabra".).

Estudio

Es más de lo que jamás llegué a soñar cuando era una florecita azul en el campo. Cómo iba a pensar que llegaría a ser capaz de ofrecer alegría y conocimiento a los hombres. ¡Todavía no me lo llego a creer! Pero es así en realidad. Nuestro Señor sabe que yo mismo no he hecho nada, me he limitado a aprovechar todas las oportunidades. Y así he ido pasando de una alegría y un honor a otros aún mayores. Cada vez que pienso: “La Canción ha terminado”, vuelve a empezar con algo mucho mejor y más espléndido. Ahora iré seguramente de viaje, me enviarán a dar la vuelta al mundo para que toda la gente pueda leerme. ¡Es lo más probable! Antes tenía flores azules, ahora tengo por cada una de mis flores un precioso pensamiento. ¡No hay nadie más feliz!

A través de reiteradas muertes y renacimientos, el lino va trepando o descendiendo por la escala de los estados del ser. Acepta lo que viene con alegría, aunque todavía tiene expectativas, tiene ilusión. Pero hay que recordar lo que dice Dante en la Divina Comedia: “Dejad toda esperanza vosotros que entráis”, porque las cosas no son nunca como uno se imagina. Y el lino, transformado en libro, no va a viajar por el mundo. Lo mandan a la imprenta para hacer muchas copias

pues así podrían obtener placer y provecho muchísimas más personas que si el papel en que las palabras estaban escritas hubiera dado la vuelta al mundo y se hubiera roto a medio camino”.
Claro, es lo más sensato – pensó el papel escrito–. Ni se me había ocurrido pensarlo. Me quedaré en casa muy bien considerado, honrado como un anciano abuelo. Soy yo sobre el que se escribió, las palabras fluyeron de la pluma directamente sobre mí. ¡Yo me quedo en casa mientras los libros van por ahí dando vueltas! ¡Ahora pase lo que sea! ¡Qué contento estoy, qué feliz soy!
Así que hicieron un montón con todo el papel y lo colocaron en una estantería.
Es bueno descansar después de la faena – dijo el papel – Está muy bien recogerse y reflexionar sobre la situación a la que se ha llegado. ¡Solo ahora sé de verdad lo que hay dentro de mí! Y conocerse a sí mismo es el auténtico conocimiento. ¿Qué sucederá ahora? ¡Algo bueno habrá, siempre pasan cosas buenas!

No, el libro no se mueve, se queda en casa. Allí, en su fuero interno, en el centro del mundo, es donde uno se conoce a sí mismo. Una vez que ha fluido el Verbo de la pluma divina sobre el lienzo inmaculado de su alma, no necesita moverse, no necesita mirar afuera para saber quién es. Él es, y, siendo, desde la quietud, envía sus rayos, sus palabras, sus mensajes, hacia el mundo, hacia la circunferencia de la rueda, que sí se mueve, gira constantemente sobre sí misma, animada por su corazón central.

Pero toda historia tiene un final, y, aunque la canción del Ser no se acaba nunca, ¿sabéis que pasó? Que un buen día, mientras descansaba, cogieron al libro y lo echaron a la chimenea. Y mientras los niños de la casa miraban encantados las chispas que se persiguen unas a otras, el papel dijo:
– ¡Uf! –, y en ese mismo instante se convirtió en una gran llamarada.

Fuego

Subió tan alto por el aire como jamás habría podido alzar el lino su florecita azul, y brillaba como jamás habría podido brillar la blanca tela de lino. Todas las letras escritas se volvieron rojas en un instante, y todas las palabras y todos los pensamientos se inflamaron.
¡Ahora voy directo hacia el sol! – se oyó desde la llama, y era como si miles de voces lo dijeran al unísono, y la llama ascendió por la chimenea…

El lino ya no es lino, ya no es nada de lo que era antes. Después de transitar por un estado, moría a ese estado y nacía a otro. Lo dejó todo, y así fue como se sublimó y voló hacia el Cielo.


Notas

(1) Hans Christian Andersen, La pequeña cerillera y otros cuentos, Anaya, Madrid, 2004.

(2) Federico González, Diccionario de Símbolos y Temas Misteriosos, entrada: “Oración”. Ed. Libros del Innombrable, Zaragoza, 2013.

(3) Hay una dialéctica del dolor. Dios es Amor y necesita Amor. Ama y es Amado. EL dolor surge entonces como un ansia de ese amor y la imperiosa necesidad de amar. Todas las tradiciones del mundo han conocido esa paradoja, esta inversión y complementación, esta analogía que liga indestructiblemente a todos los pueblos entre sí y constituye la dinámica del mundo. El dolor como forma de amor a Dios constituye parte de la dialéctica de la creación (...)”. Federico González, El Simbolismo Precolombino - Cosmovisión de las Culturas Arcaicas, Libros del Innombrable, Zaragoza, 2016.

(4) Federico González, Diccionario de Símbolos y Temas Misteriosos, entrada: “Felicidad”. Ed. Libros del Innombrable, Zaragoza, 2013.

(5) Federico González, Noche de brujas – Auto sacramental en dos actos, Symbolos, 2007.
(6) Ibidem.


Texto: Margherita Mangini


 

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